Introducción:
Esta historia se desarrolla en un pueblo llamado Casihundido. Ahora que empiezo a escibirla aún no ha acabado, ni sé cómo acabará. De hecho, creo que está empezando. Sólo pretendo ser testimonio de algo que está sucediendo. Ayer vi cómo se consumía entre llamas el último naranjo que sobrevivía en un campo cercano, situado a unos 300 metros de donde estoy escribiendo estas líneas. Junto a él, un manto verde y húmedo se extendía orgulloso y era iluminado por una ristra de focos que hacían palidecer a las mismas estrellas: sí, aquello pretendía ser un campo de golf. No podía dejar de observar la agonía de aquel naranjo, pasto del fuego, que crepitaba, en señal de auxilio. Ésta es la única ayuda que puedo darle: contar por qué mataron a ese inocente naranjo, así como a todos sus hermanos, y anticipar por qué muchos otros arbolillos como él, esperan su hora en este pueblo, Casihundido.
Cualquier parecido con la realidad es digno de sospecha.
Capítulo Uno
Aquella mañana Casihundido apareció lleno de pintadas en las paredes. La alcaldesa, Marionet Ades Leal, del partido Ultra Vendido, era la referencia directa de estos síntomas de la impotencia de un pueblo decepcionado. Un viajero llegó al pueblo, bajó del tren, se fijó en las pintadas que había en la estación. Dos ancianos le contemplaban. Uno de ellos, le observaba con curiosidad mientras chupaba un palillo, el otro dio una calada a su cigarro, escupió al suelo y miró la hora. Entornaban los ojos, pues el sol ya empezaba a molestar a esas horas, y dejaban pasar el rato con la compañía de esas conversaciones que sólo la abundancia de tiempo libre sabe crear. El joven viajero se acercó a la pareja de ancianos, y preguntó extrañado a qué se debían esos insultos que exhibían las paredes de la estación. Uno de ellos le miró, y aprovechando que el joven eclipsaba el sol, abrió por completo los ojos. Sonrió, deleitándose al saber que frente a él tenía un par de oídos que serían víctimas de sus palabras. Así, uno de estos dos ancianos, no importa cuál, hizo al joven sentarse y empezó a narrar:
Ya había pasado tiempo desde las últimas elecciones, de las cuales salió victorioso el Partido Pesetero, con el muy ex-ilustre don Fa Cha (cuyos orígenes podrían ser calificados de turbios). Pero, para suerte o desgracia de Fa, el Partido Pesetero no logró la mayoría absoluta, con lo cual no podría gobernar sin alguna ayuda, ayuda que nadie le prestó, puesto que ya había estado calentando asiento y llenándose los bolsillos en el ayuntamiento de Casihundido demasiado tiempo. En lugar de eso, el resto de partidos se unieron y se hicieron con el tan codiciado poder. Los partidos con más escaños de esta coalición, es decir, Ultra Vendidos y el Partido Seudo-Obrero y Embustero, se repartieron la alcaldía: los dos primeros años, sería alcalde el cabeza de lista de los vendidos, y los dos restantes, el de los seudo-obreros. Así comenzó Marionet a disfrutar de su maravilloso reinado, de su sueño dorado, de los cheques, los chalets, los favores personales... en definitiva, de la corrupción que la rodeaba. Había dejado los rulos y las revistas de corazón en la mesilla de noche y había entrado en un fantástico y psicodélico mundo, como el de un anuncio de compresas, con cerdito parlanchín incluido. Pero entonces ocurrió algo previsible: esta mujer, tan indecisa como mal preparada, sin dignidad y sin ideas, fue sorprendida un día mientras se deslizaba por su arco iris de felicidad, por un maletín lleno de dinero, cuyo contenido le sirvió para superar su indecisión. Iba a cambiar de amiguitos. ¿Por qué? Porque el poderoso caballero don dinero habia aparecido en su vida con la palabra tentación grabada en la frente y le había recordado que si alguien podía traer la justicia a Casihundido era Fa. Sí, comprendió que había errado al pactar con los perdedores, que la política es algo más que un juego cuyo premio es el poder: realmente es un juego cuyo premio es poder y dinero. Ella ya tenía lo primero, ahora iba a por lo segundo.
Pero pobre princesita fea, su gloria acabó al compartir gobierno con Fa. Dejó de ser la alcaldesa para ser "la amiga de fa", "la marioneta de Fa" o "la sumisa de Fa". Fa se hizo oír, y aunque oficialmente era sólo un edil, todos hablaban de él como el alcalde. Marionet asentía con una sonrisa que trataba de ser más intelectual de lo que lograba aparentar a todo lo que pronunciaba la voz de su amo mientras se arrastraba por el suelo del ayuntamiento contando su dinero y preguntando a su cerdito cuánto era aquella cantidad en pesetas.
Saludable sátira, fresca y sincera. Es una pena que la mejor política en este país se haga en clave de comedia, pero también es un orgullo que nadie se tome a los políticos en serio, y una suerte porque de no ser así no podríamos permanecer mucho tiempo cuerdos.