Pasó el tiempo, el joven viajero siguió su camino dejando atrás los muros de Casihundido. Los ancianos siguieron visitando a diario la estación, las paredes volvieron a enmudecer tras una capa de pintura, con lo que al pueblo se le volvió a cerrar la boca. Fa y Marionet seguían ocupando los despachos de ayuntamiento, jugando a ser poderosos... y a otras muchas cosas. Entre éstas, destacaba el juego de mesa preferido de Marionet, el Monopoly, al que jugaban una tarde Fa, Marionet y un par de ediles, cuando la alcaldesa en un arranque de descabellada sinceridad, afirmó:
- Yo quería ser alcaldesa para poder jugar al monopoly con el pueblo entero como tablero.
-Ay, Marionet, tú siempre tan ingenua -contestó Fa con aires de superioridad-. Para eso, has de hacer amigos, como yo.
- Tú de eso sabes mucho, ¿verdad? -Los ojitos de Marionet brillaban espectantes, sobre esas bolsas de líquidos que se acumulan a causa del exceso de trabajo y preocupación ... o tal vez por la edad.
- Mira, nena -en el rostro de Fa se dibujó una sonrisa al saberse admirado-. Yo hice unos amiguitos rusos que solucionaron mis problemas tanto económicos como... ya sabes... sexuales.
Fa se acomodó en su silla, aventurando una nueva tarde de historias "populares", como las llamaba él, y continuó con su relato:
- Bueno, esto que no salga de aquí. Yo me casé con la gorda -con este cariñoso apelativo se refería a su mujer- porque su familia era rica. Tenía tierras, y tú ya sabes que el motor de los hombres poderosos y ambiciosos como yo es siempre el dinero. Pero, con el paso de los años vi que necesitaba explorar nuevos horizontes. Que el dinero no lo es todo, pero con él se puede conseguir lo demás. Y ahí estaban ellos, mis amigos, mal llamados de la mafia rusa, con sus nenas para darme dinero, placer... todo lo que un hombre puede desear.
- Pobrecillos, mira que decir que son mafiosos -interrumpió Marionet-. Total, si lo que hacen ellos lo haces tú, que no eres un mafioso. Es que hay que ver qué mala gente. Por hacer un poquito de comercio internacional de ése que llaman... ilegal, extorsionar a unos cuantos (que en el fondo lo merecen) y explotar a unas pobres chicas abriéndoles un nuevo futuro laboral y algo más...
- Pues eso digo yo, que simplemente son personas que nos hacen la vida más fácil. Mira, hace años, cuando el pueblo tenía la suerte de que yo ocupara tu lugar, ellos me ayudaron a traer felicidad a Casihundido. ¿Recuerdas el pub Vasos? Ése que está ahí en...
- Sí, sí, sé cuál dices.
- Pues no se habría hecho si no fuera por ellos. Bueno, y este lago apestoso que tanto asco da y que hay que mantener para que el pueblo no moleste con esos estúpidos ecologistas que siempre exigen y exigen... ¿lo recuerdas?
Marionet asintió con la cabeza.
- Pues toda la madera de los bancos, los tronquitos costados que bordean el carril bici que tanto sobra y que dan un toque... espera, cómo era? Me lo aprendí, lo juro... ah, sí, un toque acogedor y rústico a éste nuestro amado lago... todo eso, lo trajeron ellos. Junto con las nenas. Sí, literalmente, lo trajeron todo junto, en un viaje, para evitar líos. Ya sabes, nena, grandes ideas de hombres de negocios. Aún recuerdo cuando vi aquel primer pino ruso que trajeron a Casihundido, tan robusto, tan verde, tan frondoso. Especialmente divertido fue ver cómo empezaban a bajar de él jovencitas rusas con caritas de gatitas asustadas. Bueno, algunas tenían cara de... mmmmhh... de... de... aaghhh...
- Fa, ya estás babeando otra vez.
- Vaya, ya me he vuelto a babear la camisa, ¿por qué siempre tengo una gota de los más diversos líquidos en mi prominente a la par que atractiva panza? Bueno, me pondré corbata, como siempre que me mancho.
La tarde de juegos de mesa e historias populares pasó, y a la mañana siguiente acudieron Fa, Marionet y su inseparable amiga y compañera de partido a una importante reunión con una empresa constructora con la que, sabiamente, el consejero de territorio de la comunidad a la que pertenecía Casihundido, había pactado antes de salir a concurso varios grandes proyectos urbanísticos de esos que sustituyen el bosque y la huerta por campos de golf y altas torres de viviendas de lujo.
Fraudeando Golfero, director de esta gran empresa jugueteaba con una bola de golf entre sus manos, sentado frente a la mesa de su despacho. Su secretaria le anunció que tenía una visita, y pasaron los tres al despacho: Fa, Marionet, y su amiga. Pero Fraudeando, que conocía bien las debilidades de estas dos señoras, dijo:
- Ahí fuera hay un par de revistas de éstas de los famosos y algunas de moda. Que yo sé que la prensa del corazón es vuestra debilidad.
- ¿Pero también hay caramelos, una tele grande y alguno de esos regalitos que tanto te gusta hacernos -preguntó la amiga de Marionet-?
- Pasad y comprobadlo vosotras mismas.
Marionet y su amiga pasaron a una sala contigua, ya bastante conocida para ellas, y brincaron de alegría cogidas de la mano ante la imagen del pequeño paraíso del que iban a disfrutar durante horas.
Fa se sentó frente a Fraudeando, al otro lado de la mesa. Fraudeando fue el primero en hablar, como venía siendo habitual, mientras Fa abría los ojos como platos y comenzaba a salivar cada vez que el director de esta empresa pronunciaba la palabra mágica que le hacía reaccionar: euros.
Pronto se unió a la reunión el consejero Blas Asco, que acudió con su pertinente botella de whisky en la mano. Preguntó por las dos compañeras de Fa.
- ¿Cómo es que no están aquí molestando? ¿Ya les habéis vuelto a regalar otro cuaderno de pasatiempos infantiles?
- No, qué va, últimamente tengo el plan perfecto, abre esa puerta -dijo Fraudeando.
Blas obedeció, y ahí vio a las dos mujeres, indecisas, vendibles por un módico precio... como siempre, y mirando las fotos de una revista mientras demostraban sus amplios conocimiento a través de sus audaces comentarios:
- Pues vaya sombrero más feo lleva ésta para ir a una fiesta con tanto famoso.
- Jolines, tía, no digas eso, que yo pensaba comprarme uno así para la boda de tu prima.
Blas cerró la puerta, viendo que todo estaba en orden. Deslumbrado por el reflejo del sol en los nuevos collares de estas dos señoras, volvió junto a sus compañeros de negocios, mientras, al otro lado del umbral, continuaba la (para cualquier persona medianamente sensata) desesperante y paradójicamente tierna escena de inocente diversión.
- Entonces, Fa -comentó Blas-, ¿tu pueblo se suma a este nuevo movimiento de generación espontánea de suelo urbanizable y campos de golf?
- Por supuesto -respondió Fa-. Llevo cuatro años consiguiendo que mis amiguetes compren tierra por la zona.
- Esperemos -siguió Blas- que sea verdad eso que dices de que en tu pueblo nadie se interesa por nada, y así nadie se nos rebote. Porque eso de tener que tirar abajo esas casas de los siglos XVIII y XIX y motores que forman parte de la historia del pueblo... en algunos sitios no nos lo consentirían.
- No te preocupes -respondió Fa-. Tengo a mis amigos rusos, ellos saben cómo tratar a la gente que molesta, gente con campos en la zona a arrasar, con cuadras, naves de uso pecuario, o simplemente una casita... en definitiva, esa gente que se quedará en la calle. Conseguiré que se queden en la calle sin hacer ruido, como esa maldita arquitecta... estúpidos principios morales, se negó a firmar el informe de nuestro macro-proyecto urbanístico, pero yo respondí con un firme y contundente descenso de puesto. Y la muy zorra va y se deprime y coge la baja. Las mujeres no deberían salir de casa nada más que para hacer la compra.
Las carcajadas de los tres hombres de negocios atravesaron las paredes del edificio, y el macro-proyecto urbanístico del que hablaba Fa y que destrozaría su pueblo y a su gente, cobró más fuerza tras un brindis y un sospechoso intercambio de maletines, uno de los cuales estaba vacío. El otro ayudaba a llenar precisamente el vacío de una vida miserable. La parte pública de la historia acababa de comenzar, y eso era algo que ninguno de esos tres entes sin escrúpulos podría evitar ya.